Después de conocerse los gravisimos hechos ocurridos en su Diócesis, Francisco Javier Martinez debía haber dejado de ser arzobispo de Granada por propia iniciativa, pero dado que la dignidad y la vergüenza no van con él, desde Roma no debe demorarse la orden para que este sujeto sea removido.
Clama al cielo que sea el Papa quién haya tenido que reaccionar personalmente a las súplicas de la víctima denunciante, ante la inacción de su arzobispo. Un prelado del que es lógico desconfiar, no sólo por este caso, sino por un largo historial de polémicas y escándalos; diversas declaraciones que denotan una ideología ultraconservadora, publicación por editorial de su Diócesis del libro "Cásate y sé sumisa" (el título lo dice todo), y sobre todo, una condena por coacciones e injurias de la que posteriormente fue absuelto por considerarse prescritos los delitos.
Ahora, ante un caso de abusos sexuales, delito sobre el que la Iglesia viene mostrando tolerancia cero desde hace años y especialmente desde que Francisco es Papa, el arzobispo reacciona con tibieza, siendo benévolos en el calificativo.
Por supuesto, ni contemplamos la posibilidad de que la Asamblea plenaria de la Conferencia Episcopal Española, que se encuentra reunida durante toda esta semana, y mañana concluye, se pronuncie en apoyo de Javier Martinez, ni en forma de comunicado ni declaraciones públicas del portavoz ni de cualquier otra manera. Es más; tendrían que ser los propios obispos españoles quienes le instaran a renunciar y pedir perdón. Cualquier otro posicionamiento público de la CEE que no vaya en este sentido, sería un escándalo añadido. Pero confiamos en el buen juicio de Blázquez y sobre todo de Osoro, para cortar de raíz cualquier ocurrencia disparatada que pueda surgir de algún prelado más cercano a Javier Martinez.
Cada día que pasa sin que el Arzobispo de Granada renuncie es un pisoteo a la dignidad de las víctimas y un insulto a toda la comunidad católica.