Si tuviéramos que
analizar en una frase los cardenales que el Papa ha anunciado hoy para entregar
la birreta en el Consistorio que celebrará en febrero, podríamos decir que ha
apostado por la prudencia en su nombramiento para España y por el riesgo - algunos
incluso hablan de "revolución" - en su elección de purpurados para el
resto del mundo. Así, titulares de modestas diócesis periféricas pasarán a
formar parte del Colegio Cardenalicio, mientras que grandes archidiócesis con
larga tradición, incluidas algunas italianas como Venecia y Turín, han quedado
fuera de la púrpura.
Ya no quedan
vaticanistas ni estudiosos de la Iglesia Católica Romana que nieguen que
estamos asistiendo a un pontificado de transformaciones y reformas históricas,
de las que sólo es posible encontrar precedentes remontándonos a la época de
Juan XXIII y a los primeros años de su sucesor, Pablo VI.
Francisco ha nombrado,
en esta ocasión, un total de 20 cardenales, de los cuales 15 son electores (con
derecho a voto en Cónclave) y 5 superan los 80 años, por lo que sus títulos
tienen un carácter más honorífico, para premiar la trayectoria de los mismos.
De la Curia, sólo ha
decidido otorgar la dignidad cardenalicia al marroquí Dominique Mamberti;
canonista y diplomático de larga trayectoria, que ha ocupado diferentes nunciaturas
y Benedicto XVI lo ascendió a un puesto fundamental en la Secretaría de Estado,
al nombrarlo Secretario de la Sección de Relaciones con los Estados. Bergoglio
lo relevó de este cargo, pero lo hizo Prefecto del Tribunal Supremo de la
Signatura Apostólica (el más alto tribunal de casación en la estructura
judicial de la Santa Sede).
También han sido
elevados a la categoría de príncipes de la Iglesia tres obispos diocesanos, de
lugares remotos: Monseñor Lacunza, titular de David (Panamá), Monseñor Arlindo
Gomes, titular de Santiago de Cabo Verde (Archipiélago de Cabo Verde) y
Monseñor Soane Patita, titular de Tonga (Isla de Tonga).
Sólo ha hecho
cardenales a dos arzobispos italianos, de los que menos posibilidades tenían, a
priori. Son Edoardo Menichelli, arzobispo de Ancona-Osimo y Francesco
Montenegro, arzobispo de Agrigento.
También serán
cardenales arzobispos de países como Vietnam, Myanmar, Tailandia, Etiopía...
Los más conocidos de toda la lista quizá sean Ricardo Blázquez y el portugués,
actualmente Patriarca de Lisboa, Manuel Clemente.
El Papa ha anunciado
los 20 nuevos purpurados hoy, con ocasión del rezo del Ángelus, y también ha
manifestado que en el Consistorio de febrero van a "reflexionar sobre las
orientaciones y propuestas para la reforma de la Curia romana". Es
evidente que Francisco está removiendo el Colegio Cardenalicio, para que éste
no sea un obstáculo en su hoja de ruta y poder continuar con las reformas
previstas. También es un fin en sí mismo, ya que Bergoglio ha manifestado, en
varias ocasiones, una intención descentralizadora de la Iglesia, dando más
protagonismo a las diócesis de cada lugar.
En cuanto a España, la
decisión tomada es la más lógica, a la vez que prudente. Resulta coherente que
el actual presidente de la Conferencia Episcopal Española sea nombrado, por
fin, cardenal; Blázquez lleva, desde hace años, teniendo una trayectoria
ascendente en el episcopado español. Ya fue presidente en el periodo del 2005
al 2008 y ha sido vicepresidente varios años. Benedicto XVI lo nombró arzobispo
metropolitano de Valladolid, sede de la que continúa siendo titular hasta el
momento. Sin embargo, también es una elección que conlleva una dosis de
diplomacia y de mantener equilibrios de poder, debido a que Carlos Osoro lleva
poco tiempo en la Archidiócesis de Madrid, y haberlo elevado a la dignidad
cardenalicia tan pronto podría haber causado malestar en la CEE, además de
poder interpretarse como una desautorización a Blázquez, teniendo en cuenta que
sólo tenía pensado entregar la birreta a un arzobispo español. Así pues, Osoro
tendrá que esperar, pero no creemos que sea cuestión de mucho tiempo.
Ante la velocidad de
crucero que ha tomado Francisco en sus reformas y cambios, será interesante ver
las reacciones de los sectores más conservadores, una vez que acaben de
frotarse los ojos.
