Ahora que parece estar, otra vez, de actualidad en la política, tengo la impresión que también se está produciendo una "pinza" en el seno de la Iglesia. En esta institución, al igual que en todas las de naturaleza política y/o religiosa, por mucho que algunos lo nieguen, existen grupos que tienen una visión diferente sobre como debe gobernarse la institución de la que forman parte. En ocasiones, sucede que los dos bloques ideológicos también se fraccionan, pudiendo dar lugar a que los más moderados de ambos grupos principales queden "atrapados" entre los más extremistas de ambos sectores, que llegan a confluir, produciéndose la llamada "pinza".
A grosso modo, podríamos decir que en la Iglesia también han existido siempre dos bloques; uno más aperturista y otro más conservador. Igualmente, dentro de ambos sectores, los hay con posiciones más radicales e inflexibles.
De los situados en el extremo del grupo progresista, hay algunos que se sienten decepcionados con Francisco, de hecho, para mi sorpresa, he leído a algún teólogo muy critico con su pontificado casi desde antes que empezara el mismo. Sin embargo, la mayoría del extremo conservador se ha mostrado, al menos públicamente, bastante prudente en sus valoraciones de la labor de Bergoglio hasta hace poco, pero ya comienzan algunos a ponerse nerviosos. Llegando incluso a cuestionar facultades inherentes al Sumo Pontífice, como es, por ejemplo, sustituir obispos o cambiarlos de diócesis. Resulta curioso que los más conservadores, partidarios en teoría de que el Romano Pontífice mantenga todos sus poderes - que, por cierto, son absolutos - y primacía sobre el resto de los obispos, caigan en planteamientos tan inverosímiles. Da la impresión que si el Santo Padre es "de los suyos", entonces si hay que guardarle obediencia y aceptar en silencio sus decisiones, pero si el Papa, en las formas o en el fondo, o en ambas, lleva la contraria a sus ideas, ya si vale cuestionarle e incluso enmendarle. Es esa hipócrita dualidad en el juicio característica común a los miembros más conservadores de la Iglesia. Sus contrarios, los más progresistas, al menos tienen una coherencia intelectual y moral.
En cualquier caso, el resultado práctico es que el Papa se ve objetivo de las críticas de ambos extremos, por razones distintas, pero coincidiendo en el acto en si de disensión con el Pontífice. Aunque, es de justicia añadir, que desde el grupo progresista las críticas suelen ser discrepancias sinceras y honestas, pero de los más conservadores suenan a cuestionar, corregir e incluso intentar torcer la voluntad del Papa. Por consiguiente, no se pueden poner al mismo nivel.
Se ha hablado en estos días mucho de las amenazas externas para Francisco, y efectivamente éstas son graves y no hay que subestimarlas, pero también existe una oposición interna que puede ser más o menos leal y que en unos casos va de frente y da la cara, pero en otros supone un peligro quizá más silencioso y letal. Considero que es un error hacerle el juego a ésta, incluso aunque no haya intención.
El Papa tiene un proyecto reformador, sin duda mejorable, pero beneficioso para la Iglesia. Desde las posiciones progresistas no se debe contribuir, por acción ni omisión, a impedir que lo desarrolle.
A grosso modo, podríamos decir que en la Iglesia también han existido siempre dos bloques; uno más aperturista y otro más conservador. Igualmente, dentro de ambos sectores, los hay con posiciones más radicales e inflexibles.
De los situados en el extremo del grupo progresista, hay algunos que se sienten decepcionados con Francisco, de hecho, para mi sorpresa, he leído a algún teólogo muy critico con su pontificado casi desde antes que empezara el mismo. Sin embargo, la mayoría del extremo conservador se ha mostrado, al menos públicamente, bastante prudente en sus valoraciones de la labor de Bergoglio hasta hace poco, pero ya comienzan algunos a ponerse nerviosos. Llegando incluso a cuestionar facultades inherentes al Sumo Pontífice, como es, por ejemplo, sustituir obispos o cambiarlos de diócesis. Resulta curioso que los más conservadores, partidarios en teoría de que el Romano Pontífice mantenga todos sus poderes - que, por cierto, son absolutos - y primacía sobre el resto de los obispos, caigan en planteamientos tan inverosímiles. Da la impresión que si el Santo Padre es "de los suyos", entonces si hay que guardarle obediencia y aceptar en silencio sus decisiones, pero si el Papa, en las formas o en el fondo, o en ambas, lleva la contraria a sus ideas, ya si vale cuestionarle e incluso enmendarle. Es esa hipócrita dualidad en el juicio característica común a los miembros más conservadores de la Iglesia. Sus contrarios, los más progresistas, al menos tienen una coherencia intelectual y moral.
En cualquier caso, el resultado práctico es que el Papa se ve objetivo de las críticas de ambos extremos, por razones distintas, pero coincidiendo en el acto en si de disensión con el Pontífice. Aunque, es de justicia añadir, que desde el grupo progresista las críticas suelen ser discrepancias sinceras y honestas, pero de los más conservadores suenan a cuestionar, corregir e incluso intentar torcer la voluntad del Papa. Por consiguiente, no se pueden poner al mismo nivel.
Se ha hablado en estos días mucho de las amenazas externas para Francisco, y efectivamente éstas son graves y no hay que subestimarlas, pero también existe una oposición interna que puede ser más o menos leal y que en unos casos va de frente y da la cara, pero en otros supone un peligro quizá más silencioso y letal. Considero que es un error hacerle el juego a ésta, incluso aunque no haya intención.
El Papa tiene un proyecto reformador, sin duda mejorable, pero beneficioso para la Iglesia. Desde las posiciones progresistas no se debe contribuir, por acción ni omisión, a impedir que lo desarrolle.
