Así es, mal que les pese a algunos, la posición oficial y mayoritaria de la Iglesia Católica, actualmente, es de respaldo a toda medida favorable a los migrantes, y no sólo en España si no también la Iglesia a nivel universal, porque la línea marcada por la Santa Sede, con Francisco, continuada fielmente por León XIV es esa. De hecho el viaje, previsto para junio, del papa a España, contemplará muy probablemente una visita a Canarias, archipiélago que está en primera línea, junto a otras zonas de España, de la acogida de inmigrantes.
Además, la defensa de los derechos humanos de los migrantes, como personas que son, no puede ser más evangélica. Lo saben en Roma y lo saben en la Conferencia Episcopal Española y por ello, lo defienden con razón y sin complejos. Como también son conocedores de la poca coherencia que quedaría en evidencia a la luz pública si mantuvieran sus posiciones anti-aborto y luego se motraran reacios a acoger, apoyar y defender misericordiosamente a los seres humanos que hacen largos y penosos viajes por lograr encontrar una vida mejor y con más oportunidades.
De hecho, en esencia, el evangelio y las enseñanzas de Cristo son esas: estar siempre del lado de los vulnerables, de los débiles, de los pobres, de los marginados y por supuesto esto conlleva estar del lado de los migrantes siempre. Y no solo estar de su parte moralmente si no también, en términos materiales, ofrecerles y compartirles todo lo que tenemos y de lo que ellos, por desgracia, carecen.
Enseñanzas tan básicas y tradicionales dentro de nuestra Iglesia, como las obras de misericordia, parecen haber sido olvidadas por algunos sectores teóricamente muy conservadores, pero ese conservadurismo solo lo aplican para defender sus intereses y cuotas de poder, no así para preservar principios evangélicos y cristianos básicos e irrenunciables.
Lamentablemente, en estas posiciones anticristianas y antievangélicas se han situado dos prelados: el arzobispo de Oviedo, Jesús Sanz, y el obispo de Orihuela-Alicante, José Ignacio Munilla. Deberían sentirse avergonzados, si tuvieran esa cualidad, poco probable en ellos.
El Evangelio, el papa y el magisterio más elemental de la Iglesia de la que supuestamente forman parte, nos marcan un camino muy claro de defensa de los desfavorecidos, incluidos, por supuesto, los migrantes. Sin embargo, por razones seguramente inconfesables, los dos obispos citados, con la inestimable compañía de organizaciones paracristianas ultras y trumpistas, se manifiestan contrarios a defender la vida y los derechos fundamentales de toda persona nacida, en este caso de los migrantes.
Es un escándalo y así debemos tratarlo y también afeárselo a aquellos que no son capaces de comulgar con las tradiciones y enseñanzas que han guiado a la Iglesia Católica desde que existe. No vayan a pensar que sus planteamientos son minimamente razonables, ni cristianos.
Y es que, como dijo certeramente el cardenal arzobispo de Madrid, José Cobo "hay gente que vive de lo católico sin ser católica". Añadimos nosotros; frecuentemente son estos también los que defienden con más vehemencia posiciones radicales pro-vida de los no nacidos y abogan por abandonar a su suerte a los nacidos más vulnerables, entre los que se encuentran los migrantes.
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| Jesús Sanz, arzobispo de Oviedo |

