Ya lo hizo el año pasado; irrumpió en el corazón del feudo de la mafia calabresa y les dijo, literalmente en su cara, que estaban fuera de la Iglesia, es decir, excomulgados. Hoy, en una de las zonas más deprimidas de Nápoles, ciudad ya de por sí muy desfavorecida y castigada por el paro y la pobreza, en los dominios de la camorra, que precisamente tiene un caldo de cultivo ideal en ese desarraigo social, Francisco ha clamado contra la corrupción, de la que ha dicho que "apesta", ha afirmado que "la falta de trabajo nos roba la dignidad", ha condenado lo que considera formas de "esclavitud" y "explotación", y en suma: se ha dirigido a los napolitanos en particular y a la sociedad en general, lanzando un mensaje de esperanza, pero sin eludir hablar de los problemas más graves que padecen.
Ha sido, el de Bergoglio, un discurso con un mensaje fundamentalmente social, en el que se apreciaba la impronta que, en la mencionada materia, dejó el Concilio Vaticano II. Como suele ser habitual en Francisco, algunos de los momentos más emotivos ni siquiera los llevaba escritos; fueron improvisados. Porque el Papa, en sus encuentros con la gente, con el pueblo de Dios, no se limita a lanzar una soflama sino que entabla un diálogo. La gente lo escucha con atención, y seguramente también los empresarios y políticos corruptos que, desgraciadamente, abundan en el lugar; incluida, por supuesto, la propia camorra. Pero Francisco es un milagro personificado y, dos años después de su llegada a la silla de Pedro, los católicos con una mínima sensibilidad y las gentes de buena fe seguimos disfrutando de un Papa que dirige su mensaje, comprometido y lleno de valores evangélicos, a todas las personas, sea cual sea su situación social, familiar o de cualquier otra índole. Precisamente, también desayunó con los presos en una cárcel napolitana, y en su visita en general, prestó, como no, una gran atención a uno de los sectores más frágiles y olvidados de la sociedad de nuestro tiempo: los inmigrantes.
Todo esto no son gestos, es su forma de ser; la de un Papa que predica con el ejemplo.