Distintos medios de
comunicación se han hecho eco en los últimos días de la noticia de la publicación
de un libro firmado por 5 miembros del Colegio Cardenalicio. Al mismo le han
puesto por título "Permanecer en la verdad de Cristo". Deben creerse
poseedores de la misma. Lo que sostienen, "casualmente" en vísperas
de la celebración del Sínodo sobre la familia que convocó Francisco para
celebrarse entre el 5 y el 19 de octubre del 2014, es diametralmente opuesto a
la línea marcada por el Papa, especialmente en el tema del divorcio; el Pontífice
ha dado pie a que se debata sobre la posibilidad de permitir la comunión a los
divorciados vueltos a casar. Hasta ahora, este tipo de familias, que por cierto
abundan cada vez más, estaban, según la doctrina oficial de la Iglesia Romana,
abocadas a condenarse y fuera de la comunión, lo cual dejaba de hecho a muchas
personas católicas excluidas de la Iglesia. Esta situación, por ser
esencialmente injusta, era uno de los puntos que muchos miembros de la Iglesia
Católica pensaban que debía revisarse, incluido sectores del clero. No lo
piensan así los cinco cardenales autores del citado libro, que utilizan una
argumentación capciosa, para defender sus posiciones.
De entre los cinco destacan
dos, por la importancia de sus cargos dentro de la Curia: cardenal Gerhard Müller,
nada menos que prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, y
cardenal Raymond Leo Burke, que es el prefecto del Tribunal Supremo de la
Signatura Apostólica, y tal como su nombre indica es la más alta instancia
jurisdiccional dentro de la Iglesia Católica, resolviendo, entre otros asuntos,
los recursos contra las sentencias de la Rota Romana. Es, decir, se trata de
dos puestos no sólo importantísimos dentro de la Curia Romana, sino que además
sus competencias están muy relacionadas con los temas que se van a tratar en el
Sínodo Extraordinario.
Un amigo me decía esta
mañana, con razón, que es bueno el debate en el seno de la Iglesia. Pero no
estamos presenciando un debate, sino la divulgación pública de una doctrina
contraria a la del Papa, por parte de miembros de su propio Gobierno, el de la
Iglesia Universal. No se trata, pues, de una honesta aportación de ideas, sino
de un intento de rectificar la doctrina pontifical, poniendo en cuestión la
autoridad del Obispo de Roma. Por supuesto, también se pretende torcer la línea
general marcada para el Sínodo sobre la familia.
¿Alguien se imagina a
un ministro intentando enmendar la plana al presidente de su gobierno? Yo si,
pero seguidamente imagino, también sin dificultad, a ese ministro saliendo del
ejecutivo voluntariamente o por destitución. Salvando todas las distancias, lo
que está ocurriendo es como si el Ministro del Interior y el de Justicia se
pronunciaran públicamente contra las directrices del Jefe del Gobierno.
Si esto es sorprendente
que ocurra en el ejecutivo de cualquier Estado democrático, se pueden hacer una
idea de la gravedad de que suceda en la Curia Romana, que es el gobierno de la
Iglesia, dirigida por el Papa, que tiene atribuidos unos poderes y una
autoridad muy superior a la de cualquier jefe de Estado o de gobierno.
No conozco
precedentes, no al menos en la historia moderna, no he visto nunca al prefecto
de la Congregación para la Doctrina de la Fe intentando rectificar públicamente
al Pontífice, ni al de la Signatura Apostólica, ni a ningún otro cardenal de la
Curia.
Si este Papa no fuera
como es, y a estos cardenales se les tratara como se ha tratado siempre a los
disidentes con anteriores papas, serían sin duda expulsados de la Curia, como mínimo.
Pero tienen la suerte de que la estrechez de miras y la doctrina draconiana que
ellos propugnan están en las antípodas del pensar y el hacer de Francisco, que
siempre ha recordado que, ante todo, Dios es misericordioso y perdona.
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