A pesar de ser un referente moral para las bases cristianas y toda persona de buena voluntad, 35 años ha tardado la Santa Sede en reconocer como beato a Monseñor Oscar Romero. Una vez más la Iglesia - su jerarquía - llegó tarde, pero llegó, y lo hizo de la mano del Papa Francisco.
En realidad, la causa de Romero, que fue acribillado a tiros el 24 de marzo de 1980, durante una celebración eucarística, era considerada una causa perdida. Sectores con mucho poder en la Iglesia, torpedearon constantemente cualquier intento de avanzar hacia la beatificación del arzobispo de San Salvador, al que consideraban un exponente de la teología de la liberación y al que, por tanto, no interesaba otorgar la categoría de mártir; llave que, a falta de milagro, abre la puerta para la beatificación.
Muchos, jamás entenderemos, como la Iglesia, dirigida desde Roma, no sólo nunca mostró el más mínimo apoyo al mencionado movimiento, sino que se opuso al mismo con animadversión y abandonó a su suerte a curas y obispos que estuvieron cerca de los pobres y del pueblo y se mostraron críticos con el poder opresor; es decir predicaron el evangelio con su propio ejemplo. Esta fue su "falta" a ojos del Vaticano y también la causa de que algunos terminaran siendo asesinados, como fue el caso de Romero.
35 años después, concretamente el 3 de febrero del 2015, Francisco recibió en audiencia al cardenal Angelo Amato, Prefecto de la Congregación para las causas de los santos, y seguidamente se hizo público y oficial que el Papa había autorizado decretar el martirio "por odio a la fe" de Oscar Romero. Bergoglio acababa de dar luz verde a su beatificación.
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